
Segundo Severo Ochoa del IAA y ahora estoy buscando nuevas palabras para lo que ya he contado, mientras pienso que las segundas partes sí que son buenas, y a veces incluso mejores que las primeras. Esta vez parto con la base de lo que realicé durante mi etapa en el primer programa SO y ahora podré llegar aún más allá (aunque sea un pelín).
En esta segunda parte mi proyecto me lleva a seguir en la línea del estudio de los cuerpos menores del sistema solar, pero esta vez pensando en ellos como trazadores de su evolución, del sistema solar, se entiende, e incluso ir un pasito más allá e intentar ver cómo lo que aprenderemos aquí puede sernos útil para entender otros sistemas planetarios, por ejemplo, los que podrían ser descubiertos por la misión PLATO de la ESA alrededor de estrellas similares al Sol.
Quizás lo más complicado del asunto es hacerse a la idea de que unos trozos de rocas e hielos de no más de unos dos mil y pico kilómetros (vamos, la distancia desde Granada hasta Berlín) contienen información sobre lo que pasó durante la formación del sistema solar, pero ¡ahí está la clave de todo esto! Al ser tan pequeños, el calor que reunieron durante su formación se disipa muy rápido, evitando un grado de modificación del que no pudieron escapar los planetas. Por eso, si queda algo de material más o menos parecido al original del que se formó nuestro sistema planetario, estará escondido bajo las superficies de los pequeños cuerpos. Además, estos estuvieron presentes durante todas las etapas de evolución dinámica, siguiendo la música que el Sol y los planetas les marcaban: un corte y una quebrada al ritmo del 2×4 de las perturbaciones planetarias.
Pero dejando el tango primordial y volviendo a la ciencia: el proyecto que llevo adelante involucra en gran parte la búsqueda de datos, lo que no es complejo ya que estos son, en buena medida, públicos, proviniendo de grandes cartografiados del cielo. Sin embargo, el trabajo, en muchos casos, parece de hormiguita: la minería de los datos lleva bastante tiempo, especialmente por la falta de homogeneidad en las bases de datos, que dificulta el cruce entre ellas. Aún así, una vez completada esta parte, es muy satisfactorio saber que poseemos un conjunto de datos de lo más completo que se puede encontrar, con observaciones de pequeños cuerpos en múltiples longitudes de onda (desde el visible hasta el infrarrojo próximo) de las que hacer uso.
Entre los resultados que he obtenido, quizás el que destacaría es haber encontrado que los espectros fotométricos de los pequeños cuerpos se comportan de manera menos predecible de lo que pensábamos. Se pensaba que los espectros tendían a enrojecerse con el incremento del ángulo de fase (que es la distancia angular entre el Sol y la Tierra vista desde el pequeño cuerpo, un asteroide, por ejemplo). El espectro al que me refiero no es un espectro similar al de una estrella o una galaxia. En el rango espectral del visible e infrarrojo próximo los pequeños cuerpos principalmente reflejan la luz del Sol, pero la interacción a nivel de la superficie de los objetos hace que parte de la luz sea refractada por las partículas que componen la superficie antes de que esta luz sea dispersada en dirección a la Tierra. Por eso trabajamos con espectros de reflexión.
El resultado que obtuve muestra que tanto puede haber enrojecimiento como un desplazamiento al azul y, para más inri, que pueden aparecer ambos comportamientos para intervalos de ángulo de fase diferentes. Esto hace que tengamos que repensar un poco la distribución de propiedades espectroscópicas en el sistema solar antes de arriesgarnos a pensar en cómo evolucionó este. Es en esta etapa en la que me encuentro ahora.
Quizás en una tercera entrega ya pueda contarles lo que le pasó al sistema solar… ¡Espero que lleguemos ahí!

Ilustración artística del cinturón de asteroides, la región situada entre las órbitas de Marte y Júpiter donde más cuerpos menores se concentran. Créditos: NASA / JPL-Caltech