La fundación

¿Qué hay en lo más alto de una montaña cuya cima nunca se logra alcanzar? ¿Qué existe antes de una idea?

Estamos en 1975. A Franco le quedan pocos meses de vida y Camilo Sesto estrena Jesucristo Superstar. ¿Hay algo más loco y aventurado en aquella España de finales de la dictadura que estrenar una ópera rock?

Sí, fundar un centro de investigación en astrofísica.

En aquellos años, la astronomía española era anecdótica. Pero en lo alto de Sierra Nevada existe un pequeño observatorio: el Mohón de Trigo, perteneciente al Observatorio de Cartuja.

En este modesto observatorio de montaña, donde observar las noches de invierno es peligro de congelación, un grupo de pioneros y pioneras empieza a fraguar la moderna astronomía andaluza y española, gracias a un cielo extraordinario.

Con su impulso y el interés del CSIC por potenciar la astrofísica, en julio de 1975 nace el Instituto de Astrofísica de Andalucía (el IAA).

Con apenas seis personas y un presupuesto anual de 400.000 pesetas, el IAA, por no tener, no tiene ni sede propia. Afortunadamente, la Universidad nos dio cobijo en la Madraza.

Allí, al grito de “aquí hay trabajo, pero no dinero”, un grupo de jóvenes se inventa una profesión: la de astrofísico en España. Bajo estrellas y atmósferas planetarias, el IAA comienza a crecer. De la Madraza a la Estación Experimental del Zaidín, y de ahí, en mayo del 86, a su propia sede. Primero, el edificio principal. Luego se unieron el B, el C, el D y ahora, Villa Margarita. Así, hasta conquistar todo el Zaidín…

Pero esto no se hace solo.

La segunda generación del IAA consolida la locura. Además de investigar, tiene que, literalmente, construir un centro. Fabrica sus propias instalaciones, acude a licitaciones, levanta una administración, una biblioteca y uno de los primeros centros de cálculo del CSIC bajo una cosa nueva llamada… Internet. Sí, fuimos pioneros en el desarrollo de Internet en España.

Aquello se hace imparable. A los departamentos de Física Estelar y de Sistema Solar se les unen el de Astrofísica Extragaláctica y, más tarde, el de Radioastronomía y Estructura Galáctica, porque el universo es muy grande y hay que repartirlo.

Pero, un centro de astrofísica necesita telescopios. El IAA colabora con observatorios internacionales, especialmente uno alemán situado en Almería: el observatorio de Calar Alto. Pero hace falta uno propio.

En 1978, en la Loma de Dílar, a casi 3000 metros de altura, comienza la construcción del Observatorio de Sierra Nevada. Hoy sigue operativo y con mucha ciencia que ofrecer.

Y hablando de ciencia. El segundo artículo publicado por el IAA trata sobre observaciones desde Mohón de Trigo de Cygnus X-1, un candidato a agujero negro. Cuarenta años después, nuestro centro ha participado en la primera imagen de dos de ellos: el agujero supermasivo central de la galaxia M87, M87*, y el de nuestra Vía Láctea, Sagitario A*. Lo que son las cosas.

El camino había comenzado.

Pero, como la naturaleza de Cygnus X-1, su destino era aún desconocido. Nadie sabía dónde nos iba a llevar.

Porque en la vida, en la vida no hay mapas.

 

El espacio

Estamos en los ochenta. Para la mayoría, son hombreras infinitas, la movida o Naranjito.

Para el IAA los ochenta son… el espacio.

En diciembre de 1981 lanzamos nuestro primer cohete desde El Arenosillo, en Huelva. Aunque espacio, lo que se dice espacio, no era: con este cohete medíamos las emisiones de la atmósfera terrestre. Pero era un comienzo.

Uno que nos llevaría muy lejos.

El IAA ha participado científica y tecnológicamente en misiones que han observado la atmósfera terrestre desde el espacio, como la misión TIMED con el instrumento SABER (NASA), Envisat (ESA) o el módulo ASIM desde la Estación Espacial Internacional.

Hemos visitado Marte… dos veces, con Mars Express y ExoMars, y Venus, con Venus Express… donde volveremos con Envision.

Hemos atravesado la atmósfera de un satélite de Saturno gracias a la misión Cassini-Huygens, orbitado un cometa durante casi dos años junto a Rosetta y detectado planetas extrasolares con COROT.

Además, estamos viajando a Mercurio en la misión BepiColombo y a las lunas de Júpiter en JUICE, y nos preparamos para buscar nuevos planetas con PLATO, vigilar el clima espacial con Vigil o interceptar un cometa primigenio con Comet Interceptor.

Para todo esto necesitamos un gran desarrollo tecnológico.

Así, levantamos nuestra propia Unidad de Desarrollo Instrumental y Tecnológico: la UDIT.

Salas limpias y laboratorios de software, óptica, mecánica, electrónica… y más específicos, como CODULAB, que analiza el polvo cósmico, y SPARKSLAB, que estudia cómo la reentrada de basura espacial afecta a la química de nuestra atmósfera.

En la UDIT son capaces de diseñar no solo tecnología para el espacio, sino también instrumentación para observatorios terrestres: desde controles para los telescopios de los Observatorios de Sierra Nevada y Calar Alto a instrumentos como ALBIREO (en el T150 del OSN), PANIC (en el 2.2m de CAHA), MEGARA (en el GTC) o TARSIS (que se instalará en el 3.5m de CAHA), entre otros.

Una tecnología capaz de estudiar el polvo en el universo (DUSTER), de apuntar al cielo en cuestión de segundos (BOOTES) o de descubrir nuevos mundos (CARMENES). Capaz también de hacernos ver el Sol como nunca antes lo habíamos visto (SUNRISE / Solar Orbiter).

No está nada mal para haber comenzado con un cohete lanzado desde el Arenosillo, en Huelva.

Las crisis

La primera mitad de los noventa termina con un cometazo. Literal.

En julio de 1994, el cometa Shoemaker-Levy 9 impacta contra Júpiter.

Es un evento único que mantiene al mundo entero expectante. Y los primeros en registrarlo son un equipo del IAA desde el Observatorio de Calar Alto, en Almería.

Pero este no es el único cometazo que hemos sufrido, porque, con cincuenta años, ¿quién no ha pasado por unas cuantas crisis?

Sobre todo si se dedica a hacer ciencia en España.

La primera nos llevó, a comienzos de los ochenta, a encerrarnos con nuestros colegas de la Estación Experimental del Zaidín (EEZ). ¿El motivo? Protestar por la “caótica” situación de la ciencia española, especialmente por la falta de una estructura clara en la carrera científica y técnica, la escasa inversión en I+D y los sueldos bajos y desiguales. Fue una de las primeras veces que la situación de la ciencia española saltó a los medios de comunicación, y no solo locales, sino también nacionales. Aquel encierro fue replicado en otras provincias.

Un primer paso… pero aún quedaban muchas crisis por venir.

De hecho, en el IAA debemos de tener un gen guerrero, porque durante las décadas posteriores han sido varias las protestas emprendidas, sobre todo con el fin de reclamar una carrera científica y técnica más estable y digna.

Especialmente duros fueron los recortes en ciencia derivados de la crisis financiera de 2008. En 2012 salimos a la calle para demostrar que sin ciencia no hay futuro, que sin ciencia el mundo se detiene. Lo simbolizamos con un espectacular flashmob en el centro de Granada.

Y en 2013, tras el anuncio de retirada de la Max Planck, estuvimos a punto de perder el Observatorio de Calar Alto. Pero también salimos adelante. Hoy, con financiación del CSIC y de la Junta de Andalucía, CAHA sigue siendo un observatorio de referencia en la astronomía internacional, con un futuro tan extraordinario como desafiante.

¿Qué podía pasarnos ya? Nada… salvo un pequeño bichito que en 2020 paralizó el mundo entero. Tocó adaptarse. Pasamos a hacer mucha ciencia online e incluso reciclamos nuestros laboratorios para, en lugar de estudiar lo más grande y lejano, centrarnos en lo más pequeño y cercano.

Más fuertes o no, el caso es que aquí estamos: con buena salud y más internacionales que nunca.

Aunque nunca hemos dejado de recibir visitas —algunas muy ilustres, como la de Stephen Hawking en 2001 —, actualmente cerca del 20% del personal del IAA procede de más de veinte países de cuatro continentes diferentes.

También es verdad que en Granada se vive muy bien…  a pesar de las crisis.

La curiosidad mueve al mundo

Estamos en 2009. Es el Año Internacional de la Astronomía.

Desde el IAA se coordinan las actividades de divulgación de todo el país.

Pero esto de la divulgación no es algo nuevo para nuestro centro.

Desde siempre nos ha apasionado contar el cosmos.

Tenemos un ciclo de charlas —las Conferencias Lucas Lara— con más de treinta años de historia y una revista cuatrimestral con más de setenta y cinco números (esta que estás leyendo, por si no te habías dado cuenta).

Hemos narrado el universo en prensa, libros, radio, teatro, monólogos, cómic, animación, videojuegos, cine y marionetas. Lo hemos gritado, pintado, cocinado, cantado, recitado e, incluso, improvisado.

Y se lo hemos contado a todos, todas y todes. Porque también hemos trabajado —y seguimos trabajando— por la igualdad en ciencia.

Y es que cincuenta años dan para mucha ciencia que compartir; tanta, que sería imposible contenerla en media página… pero lo vamos a intentar (que no se nos enfade nadie).

Desde el IAA contribuimos a comprender el campo magnético del Sol, a investigar el origen de nuestro Sistema Solar, a desentrañar la fascinante dinámica de nuestra atmósfera y a concienciar sobre el enorme problema ambiental de la contaminación lumínica.

Hemos descubierto anillos más allá de Neptuno, alucinado con Marte y Venus, aterrizado en una luna de Saturno, orbitado un cometa y seguimos camino de Mercurio y Júpiter.

Somos testigos del nacimiento, estructura, evolución y muerte de las estrellas… y de sus planetas. Hemos rastreado las mayores explosiones que podáis imaginar, identificado exoplanetas de todos los colores y analizado, de brazo a brazo, la estructura y evolución de nuestra galaxia… y de todas las demás.

Testeamos la relatividad general en el entorno de los agujeros negros y contribuimos a entender la actividad galáctica, sus jets y supervientos.

En definitiva, impulsamos una auténtica cartografía espacial y temporal de nuestro cosmos, desde los objetos más antiguos del universo hasta la distribución a gran escala de galaxias, materia y energía oscura.

Y todo ello sin olvidar un abordaje teórico a las leyes fundamentales que rigen el universo, porque, a veces, no hay telescopio más potente que el lápiz y el papel.

Mil y una historias que contar.

Porque la curiosidad mueve al mundo.

Porque la curiosidad nos mueve.

De Granada al cielo

Todo empezó en torno a un pequeño observatorio en lo alto de una montaña.

Un observatorio que hace tiempo dejó de ver las estrellas, pero del que nació un centro que hoy investiga en todas y cada una de las principales áreas de la astrofísica moderna, en todos los rangos del espectro electromagnético y empleando para ello los mejores telescopios del mundo.

Un centro que participa en misiones espaciales y en el desarrollo de infraestructuras que definirán la astrofísica del siglo XXI.

Infraestructuras como SKAO, que desplegará miles de antenas en Sudáfrica y Australia, conformando los dos radiotelescopios más sensibles del mundo, y cuya participación española se coordina desde el IAA-CSIC. O como CTAO, que se convertirá en el observatorio terrestre de rayos gamma más potente y sensible de las próximas décadas. También desarrollamos instrumentación para el ELT, el mayor telescopio óptico-infrarrojo del mundo, e impulsamos la construcción del EST, un telescopio solar de 4,2 metros de diámetro en las Islas Canarias.

Desarrollos que se suman a los que se están llevando a cabo para el Observatorio de Calar Alto o para la nueva generación del Telescopio del Horizonte de Sucesos (ngEHT), entre otros.

En 2018 obtuvimos la acreditación de Centro de Excelencia Severo Ochoa, el reconocimiento que otorga el Estado español a los centros que destacan por su relevancia e impacto a nivel internacional. Una acreditación que renovamos en 2023. Y esto no se consigue por casualidad.

Más de 7.200 artículos después, varios centenares de tesis doctorales, infinidad de proyectos realizados y muchas, muchísimas horas explorando el cielo, España ocupa hoy la séptima posición mundial en investigación astrofísica.

Y eso, tampoco es casualidad.

Pero también hemos perdido mucho en el camino. Compañeros que nos han dejado, como Manuel Barragán, Manuel Atienza, Sebastiano Vidal, Alexander Kann, Manuel Félix Herrera, Pablo Guzmán, Manuel Merlo, José María Jerónimo, Manuel Romero, Manuel Sáez, José Manuel García-Pelayo, Luis Pedro Costillo, Lucas Lara, Javier Gorosabel o Ángel Rolland.

Les echaremos de menos siempre.

Este año hemos celebrado el 50 aniversario del Instituto de Astrofísica de Andalucía. Hace cinco décadas que un grupo de personas empezó a subir una montaña por la que seguimos ascendiendo.

Porque de Granada solo se sale por las estrellas.