
Ascensión del Olmo actualmente en el IAA-CSIC
Conversar con Ascensión del Olmo —Chony— es hacerlo con alguien que ha formado parte de la primera generación de profesionales de la astronomía en este país. Y eso que esta mujer, que se describe como ‘peleona desde siempre’, asegura que no se enamoró de las estrellas de pequeña.
«A mí lo que me gustaba era la física», recuerda. Así que, pese a la resistencia inicial de una familia en la que nadie había cursado una licenciatura, Chony se matriculó en la Facultad de Físicas de la Universidad Complutense del Madrid de 1976 , donde terminó especializándose en astrofísica, aunque reconoce que también ‘le hacía tilín la cercana facultad de teleco’. Quizá por eso ha dedicado parte de su carrera al desarrollo de instrumentación, aunque tal vez esto se deba a que, en su generación, si querías hacer ciencia, debías construir tus propios instrumentos: «Fui de las primeras personas en observar con una cámara CCD en el Observatorio de Calar Alto».

Chony en el Observatoire Meudon, en Francia, en 2005
Y no solo instrumentación. Porque Chony, junto a otro grupo de jóvenes entusiastas, tuvo también que ayudar a construir su propio centro de investigación, aunque en realidad no escuchó hablar de algo llamado Instituto de Astrofísica de Andalucía hasta el último año de carrera. «Aquel año, a espaldas del catedrático, toda la promoción nos escapamos al Observatorio de Calar Alto. Allí nos recibió su codirector, Mariano Moles, que terminó siendo mi director de tesis en física extragaláctica».
Para ello, Chony y Jaime —su pareja y también astrofísico— tuvieron que recalar en la Granada de 1983. Chony, que no contaba con financiación, comenzó la tesis con la ayuda de sus padres y dando clases particulares. «En aquella época la oferta de becas y contratos era muy escasa, pero hubo gente que peleó por nosotros, como el propio Mariano Moles, José María Quintana o Rafael Rodrigo, una figura clave en la historia del IAA».
Fueron años duros, pero muy ilusionantes: tenías que abrirte tu propio camino, aunque sin la competencia que quizá existe ahora. «Éramos un grupo muy integrador, tanto en lo científico como en lo personal; ingenieros e investigadores trabajábamos en un clima de cooperación y ayuda. Eso sí, un clima humeante… ¡¿cómo se podía fumar tanto?!», recuerda mientras lanza una carcajada contagiosa.

Congreso astronómico en Tenerife en 1989. En la foto, Chony junto a los también investigadores Ángel Rolland, Pilar López de Coca, Eloy Rodríguez y Antonio Claret.
Pero el IAA crece y las cosas, lógicamente, evolucionan. En el plano personal, Chony reconoce que su carrera, como la de muchas otras mujeres, ha estado marcada por la maternidad y, en su caso, también por tener una pareja en el mismo ámbito profesional: «Al principio tenía que luchar mucho por demostrar a los demás que somos profesionales independientes».
Y, a pesar de ser —junto a compañeras como Josefa Masegosa o Isabel Márquez— un referente nacional en la defensa de un sistema científico más igualitario, Chony admite que durante mucho tiempo sufrió el síndrome de la impostora. Aunque considera que el IAA vive un momento extraordinario, sigue preocupada por el futuro de la igualdad en el CSIC y en la sociedad en general: «En los próximos años vamos a jubilarnos muchas mujeres. Si no se aplican medidas de discriminación positiva, la representación femenina en el IAA va a bajar drásticamente».

Ascension del Olmo y Josefa Masegosa el día de la defensa de sus tesis doctorales, el 29 de noviembre de 1988. Las dos presentaros el mismo día ante el mismo tribunal, compuesto por cuatro investigadoras y un investigador, algo muy notable (único en 1988), que consiguieron gracias a su empeño y al apoyo de su director, Mariano Moles, y la aprobación de la UGR. Por entonces no había ningún tipo de proporción de mujeres/hombres en los tribunales y mayoritariamente todos tenían solo hombres como miembros, como mucho con una mujer, justificándose en que no había muchas mujeres investigadoras, pero ellas consiguieron una representación mayoritaria de estas, demostrando que era posible. Como prueba esta historia, la implicación de ambas por la lucha por la visibilidad de las mujeres científicas una lucha de toda una vida.
Salvo una tesina sobre estrellas, su trayectoria científica siempre ha estado ligada al estudio de las galaxias. Se siente especialmente orgullosa de haber liderado un proyecto interdisciplinar que resolvió muchas incógnitas sobre los llamados grupos de Hickson, conjuntos muy compactos y relativamente aislados de galaxias: «A mi experiencia en óptico e infrarrojo añadimos las simulaciones numéricas de Jaime y la formación en radio de Lourdes Verdes-Montenegro».
Actualmente está centrada en el estudio de los cuásares y escribiendo el que, según dice, será su último gran proyecto. «Aunque lo mismo dije del anterior», ríe mientras reconoce que conserva la misma ilusión que cuando empezó, pero con un punto de envidia por el futuro que se acerca. «Me da pena, con toda la experiencia y libertad que tengo ahora, jubilarme y perderme cosas tan increíbles como, por ejemplo, SKAO, que para mí es el futuro del IAA», aunque enseguida aflora su espíritu peleón: «Bueno… hasta los setenta aguanto».
Si bien lamenta que, de volver a empezar, se volcaría aún más en la formación de jóvenes investigadores e investigadoras, Chony ha sido una de esas gigantas a cuyos hombros se ha subido toda una generación. «El nivel actual del IAA es magnífico. Aunque hemos pasado épocas duras, me siento muy orgullosa del Instituto y de la gente extraordinaria que hay aquí. El IAA ha sido mi vida», afirma. Y remata: «Hubo un tiempo en que se dudaba entre ser un instituto grande o un instituto chico. Para mí no había duda alguna: el IAA iba a ser grande, sí o sí».
Solo era cuestión de pelearlo.

Chony con el telescopio del Sloan Digital Sky Survey en el Observatorio de Apache Point en 1997