
Rainer Schödel actualmente en el IAA-CSIC
Solo con hablar con Rainer Schödel, puedes darte cuenta de que no le gusta ‘echarse flores’. Él no dirá jamás que participó en uno de los descubrimientos más relevantes de la astrofísica contemporánea. Dirá, simplemente, que ‘tuvo suerte’ de estar en el Max Planck en el momento oportuno. Pero solo bastan unos minutos conversando con él para entender que se ha ganado a pulso el ser un investigador de renombre internacional en el campo del centro galáctico.
Nacido a principios de los setenta en la ciudad alemana de Burghausen, Rainer no imaginaba dedicarse a la astronomía, a pesar de su fascinación desde niño. «Me pareció demasiado difícil, estudiar y vivir de ello», insiste. Tras completar su Servicio de Objeción trabajando como auxiliar de enfermería, acabó decantándose por Geofísica, que cursó en la Universidad de Múnich. No fue hasta completar esta que decidió ‘intentar’ un doctorado en Astrofísica.
«No había cursos, ni plan de investigación, ni nada. Era encontrar a alguien que te pudiera pagar y a hacer la tesis», recuerda. Tocando puertas en el Max Planck, literalmente, llegó a Reinhard Genzel. Y así, casi sin darse cuenta, Rainer acabaría involucrado en el estudio del centro galáctico justo cuando estaba a punto de producirse un hito: la primera órbita completa observada de una estrella alrededor del agujero negro supermasivo de la Vía Láctea. Un resultado que acabaría en un Nobel y que él sigue describiendo como «la suerte de estar en un buen lugar en un buen momento».
Tras cinco productivos años trabajando en la Universidad de Colonia, en 2007 «había llegado el momento de hacer otra cosa». Y ahí se encontró en una disyuntiva, dos opciones muy atractivas para su futuro: una posición de profesor en la Universidad de Kiel, en el norte de Alemania, o un contrato de investigación Ramón y Cajal, en el Instituto de Astrofísica de Andalucía, el IAA, en España.

Rainer en el Observatorio Paranal de ESO en 2008
Nuestro país ya había rondado su vida con cierta frecuencia. Fluidez con el idioma, un amigo catalán de juventud, un Erasmus en Sevilla, y, en 2003, aún haciendo la tesis, un congreso sobre la Vía Láctea al que vino en lugar de Genzel y que se convirtió en su primero contacto con el investigador Emilio Alfaro y, consecuentemente, con este centro de investigación en astrofísica. «Bueno, más o menos, porque era en el Palacio de Congresos», matiza.
Salvo por Emilio, Rainer no conocía nada del IAA ni que se hacía allí, pero le gustaba España y se arriesgó, tentado por la idea de seguir investigando. «Lo duro fue rechazar la oferta de Alemania, era cerrar el camino de vuelta», explica. Nuestro país estaba en una buena época científica, había entrado al ESO, el Observatorio Europeo Austral (algo imprescindible para él, pues el centro galáctico solo se puede observar desde el hemisferio sur) y ofrecía estabilidad a largo plazo. Recuerda riéndose como le decían que «con tu currículum, que en dos años tienes una plaza». Empezó en el IAA el 1 de enero de 2008. Poco después, la crisis. Y lo que deberían haber sido dos años, se convirtieron en diez.
Terminó su Ramón y Cajal —prorrogado “por excelencia”— sin fondos, pasó un año pagado por el instituto y, finalmente, la tranquilidad llegó con una ‘ERC Consolidator Grant’, una de las ayudas más prestigiosas en el ámbito científico europeo. Con un millón y medio de euros, su puesto estaba garantizado y comenzó a trabajar en la creación de su propio grupo. La plaza de científico titular le llegaría por fin en 2017.

Rainer Schödel junto a la premio Nobel Andrea Ghez y el resto del grupo del Centro Galáctico de UCLA en 2012. Crédito: Mary Watkins /UCLA
Aun con los obstáculos, no se arrepiente de su decisión. En Alemania, estabilizarse es lotería. En España existe un camino, aunque duro y solo accesible si eres ‘muy bueno’. «Poder hacer investigación de forma independiente y estabilizarse es muy atractivo en España», desarrolla.
Su integración tuvo matices. Culturalmente, nada difícil. Administrativamente… otra historia. «La burocracia española me chocó muchísimo. Y la información es inexistente o desbordante, pero nunca clara», dice con la sinceridad absoluta de quien lleva años lidiando con papeleo.
También estaba la soledad científica: era el único en el instituto trabajando en el centro galáctico. Entre su trabajo y sus frecuentes viajes, recuerda que durante años se mantuvo «al margen de todo, como observador». Pero poco a poco ha ido integrándose en la vida del centro. Con Emilio Alfaro, con Antxon Alberdi, con el Severo Ochoa, con su grupo…
Y mientras tanto, el IAA crecía a una velocidad sorprendente. «Había años de crisis, pero la flecha de la curva de crecimiento del IAA siempre ha apuntado hacia arriba en los 17 años que llevo aquí», comenta con admiración y cariño. Con el aumento de personal, la internacionalización, la juventud, los nuevos edificios, los ambiciosos proyectos en los que el centro está involucrado, ve «suficiente potencial para seguir creciendo otros diez, veinte años». Y, ahora, como Vicedirector de Ciencia, está más implicado que nunca en explotar este potencial.
Rainer llegó a España con un proyecto que no tenía tradición y ha logrado consolidar el centro galáctico no solo en el IAA, si no en el país, donde son únicos. Ningún otro grupo español está especializado en esta región e, incluso sus colaboradores más cercanos, en el Max Planck y UCLA, se enfocan en qué pasa alrededor del agujero negro Sagitario A*, una región muy pequeña del centro galáctico, dejando para él y su equipo «todo el resto, donde hay mucho que hacer».

Rainer junto a sus compañeros de grupo Álvaro Martínez y Paco Nogueras en el Observatorio Mount Wilson de Los Ángeles en 2022
Es este grupo lo que considera su mayor logro científico, a pesar de haber estado vinculado a un descubrimiento de Nobel. «Tener por fin un grupo propio que funciona, que está establecido, cuyos integrantes se llevan bien, con los que da ganas de trabajar y que considero que tienen ganas de trabajar conmigo, es para mí el top», desarrolla, visiblemente orgulloso.
Hoy, con su grupo, con colaboraciones internacionales de alto nivel —incluida la premio Nobel Andrea Ghez— y con un rol institucional dentro del IAA, Rainer habla con gran serenidad. «El resultado final es que estoy muy contento», resume. «Estoy con ganas aquí desde el primer momento, sigo con ganas y nunca he jugado con la idea de irme».
Este astrofísico alemán definitivamente llegó para quedarse. La carrera de Rainer comenzó tocando puertas. Y la del IAA se abrió para convertirse, con el tiempo, en su lugar en el mundo científico.

Foto de parte del grupo de investigación de Sistemas Estelares del IAA, en el que se integra el grupo del Centro Galáctico de Rainer