Alfredo Sota actualmente en el IAA-CSIC

 

La devoción serena de Alfredo Sota por su trabajo se percibe en cada historia que relata. Madrileño de origen, astrónomo técnico del Observatorio de Sierra Nevada (OSN) desde hace más de dos décadas, cuenta su trayectoria con la seguridad de quien ha pasado muchas noches solo frente al cielo.

«Llegué al IAA en 2002», recuerda, como quien cita un lugar al que nunca dejó de pertenecer. Fue un compañero del máster, Víctor Casanova, quien le habló de unas nuevas plazas en un observatorio del que Alfredo ni siquiera había oído hablar. Conocía el Instituto de Astrofísica de Andalucía, sí, pero no aquel pequeño refugio científico en mitad de la montaña. Se presentó casi por intuición. Y acertó.

Desde entonces, su vida profesional se organiza en ciclos: dos semanas aislado en el observatorio y cuatro semanas ‘abajo’, tiempo que Alfredo aprovecha para ir a su despacho en el instituto y seguir investigando, porque la vida académica nunca desapareció del todo.

«Para cubrir los turnos nocturnos del observatorio estamos tres: Víctor Casanova, Fran Aceituno y yo», explica. Se reparten los turnos con facilidad, más por costumbre que por reglas explícitas. «Somos pocos y bien avenidos», resume en una frase que basta para entender cómo se organizan allí arriba.

 

Fotografía nocturna del Observatorio de Sierra Nevada, tomada por Alfredo

 

Su labor como astrónomo técnico consiste en ejecutar las observaciones que los investigadores del IAA proponen cada semestre. «Cuando nos mandan una propuesta tengo que entender bien qué estoy observando, investigar un poco… y eso hace que no deje de aprender cosas nuevas». Por eso, dice, el trabajo le emociona más ahora que el primer día.

Cuando llegó, la vida arriba era distinta. «Subían muchos más científicos a observar», recuerda. Ahora, en cambio, toda la carga observacional recae en ellos tres. El resultado: más eficiencia, pero más soledad también.

«Normalmente estamos dos personas a la vez en el observatorio, un supervisor y un astrónomo técnico, y solo coincidimos a la hora de comer y un rato de sobremesa», cuenta. «Y cuando cae la noche, las 14 horas de invierno se pueden hacer largas… si no te apasiona lo que haces». A Alfredo no parecen pesarle.

 

Alfredo posando frente el observatorio nevado, en diferentes ocasiones

 

Esa pasión sostiene también la conciliación familiar, que no siempre ha sido fácil. Padre de dos hijos y casado con Mónica —también astrofísica—, Alfredo reconoce que su ausencia de dos semanas resultaba dura, sobre todo cuando los niños eran pequeños. «Mónica trabajaba y se hacía cargo de ellos, era complicado». Pero en sus cuatro semanas libres era padre a tiempo completo: «Nos hemos ido apañando».

La historia de su tesis es otra muestra de esa persistencia. En 2005 consiguió una beca para comenzar el doctorado en el ‘Space Telescope Science Institute’ de la NASA. Al tiempo, su director, Jesús Maíz, terminó mudándose a Granada y, en 2008, Alfredo regresó también, sin beca pero con el propósito de terminar la tesis mientras seguía trabajando en el observatorio. La leyó en 2018 y hace apenas dos meses logró estabilizar su plaza en el IAA.

Si hay un resultado científico que Alfredo menciona con especial satisfacción es el catálogo espectroscópico de estrellas masivas que elaboró para su tesis, un trabajo elaborado en gran medida a partir de datos del OSN. No presume: lo menciona casi de pasada, como quien enumera una anécdota más de un trabajo al que ha dedicado media vida.

Y es precisamente en esa forma discreta de contar las cosas donde asoman pequeños logros que para él tienen un valor especial. Como los asteroides que descubrió a principios de los 2000, cuando aún era habitual encontrar estos objetos sin catalogar. A uno le puso un nombre que resume buena parte de su propia historia: Atauta, un pequeño pueblo de Soria del que procede su familia desde hace dieciséis generaciones y en cuyas noches de verano nació su fascinación por el cielo. «Allí no hay contaminación lumínica… se veía un cielo completamente estrellado», recuerda. Tenía doce años cuando escribió en un test escolar que quería ser astrónomo.

A otros asteroides les puso el nombre de su padre, Justino, y de su primo Juan Carlos, ambos fallecidos. «No es gran cosa desde el punto de vista científico», confiesa con humildad. «Pero para mí son especiales».

Ese cariño por lo personal y cercano se refleja también en su relación con el OSN: para Alfredo, el observatorio es casa. «Lo sentimos como nuestro», insiste, y por eso la palabra ‘compromiso’ aparece una y otra vez en su relato. «Todos los que trabajamos arriba hemos subido alguna vez enfermos para no fallar a los compañeros o a las observaciones», cuenta.

 

Fotografía del atardecer desde el Observatorio de Sierra Nevada, tomada por Alfredo

 

Quizá por eso, cuando se le pregunta qué desea para el futuro del observatorio, su respuesta es tan sencilla como ambiciosa: más personal, más telescopios, más vida arriba.

Mientras habla, una entiende por qué aquel niño de 12 años escribió ‘astrónomo’ en un papel. Y por qué nunca dejó de serlo.