María Ángeles Arco actualmente en el IAA-CSIC

 

¿Qué hace una licenciada en Farmacia dirigiendo la biblioteca de un centro de astrofísica? «Pues no parar», responde María Ángeles. Y, como en los libros, la responsable de la biblioteca del IAA-CSIC empieza su historia… por el principio.

A comienzos de los noventa, María Ángeles Arco se licencia en Farmacia en Granada, su ciudad natal. Tiene claro que, por motivos familiares y económicos, no puede permitirse el lujo de demorar la búsqueda de su primer trabajo, así que decide opositar. Una de las convocatorias abiertas en aquellos días es para una institución con cuatro siglas de las que María Ángeles no había oído hablar en la vida: el CSIC. «En el temario aparecía mucha química, y eso lo tenía fresco, así que me lancé».

La jugada sale bien. Nuestra protagonista consigue plaza y una buena posición en la clasificación final, pero, a pesar de ello, se queda a las puertas de entrar en la Estación Experimental del Zaidín, su primera opción por afinidad con su carrera. Tiene entonces que mover ficha, aunque, en este caso, la casilla siguiente está situada tan solo unas calles más abajo. Así, en abril del 92, nuestra licenciada en Farmacia entra por la puerta de un centro de astrofísica: el IAA.

 

M. Ángeles Arco junto M. Ángeles Cortés, administrativa en el IAA, en la fiesta de Navidad del IAA de 2003

 

«Imagínate el aterrizaje…”, sonríe mientras recuerda su primer día. «El entonces director, Rafa Rodrigo, me sienta en su despacho y me pregunta ‘¿tú qué crees que puedes aportar aquí?’».

Por entonces, nuestra protagonista aún no tenía la respuesta… pero vaya si aportaría. Pero para llegar a eso, aún debemos pasar unas cuantas páginas más de este libro.

Cuenta la leyenda que los técnicos del CSIC saben hacer de todo. Bueno, quizás no sea del todo cierto… o tal vez sí. El caso es que, sin ninguna formación en biblioteconomía ni nada parecido, María Ángeles entra en la biblioteca del IAA-CSIC.

 

M. Ángeles junto a otras mujeres del IAA en la celebración de la jubilación de una de ellas

 

Dirigida por entonces por Carmen Romero —quien terminaría siendo su compañera durante más de veinte años—, la biblioteca funcionaba como lo hacían todas en los años noventa: entre fichas de préstamo, catálogos en papel y envíos por correo a otras instituciones de ‘papers’ fotocopiados, empieza a sonar el runrún de algo llamado Internet…

«Antes todo era muy pedestre. La función de la biblioteca era archivar y ser custodio de toda la documentación generada por el centro… y ahora, en cambio, estamos inmersos en la filosofía de acceso abierto».

Y, ante esta revolución inminente, María Ángeles toma conciencia de que puede aportar mucho y decide no dejar de formarse. «Por ejemplo, cuando yo llegué no existía un catálogo del CSIC centralizado. Cada comunidad autónoma tenía el suyo propio, sin conexión entre ellos. El primer paso fue unificarlos: centralizar y automatizar el servicio de bibliotecas del CSIC”, rememora. «El segundo gran avance fue la llegada de los servicios web. Cambió la manera de trabajar. Ya no era necesario trasladarse físicamente a un observatorio ni tampoco bajar a la biblioteca».

Poder acceder a cualquier ‘paper’ con un solo clic exige que la producción científica esté más disponible, accesible y actualizada que nunca. «Y lograr esto es un trabajo, a veces, ímprobo».

Pero fue la evolución y el crecimiento del propio instituto lo que implicó un cambio drástico en la manera de trabajar de la biblioteca. «La producción del IAA no estaba bien reflejada en las bases de datos, y esto era algo clave para competir en igualdad de condiciones con otras instituciones o acceder, con la máxima aspiración, a las diferentes convocatorias. Esto supuso un cambio radical en nuestras funciones principales».

 

M. Ángeles en la entrega de la Medalla de Andalucía al IAA junto a otros integrantes del centro

 

 

Ahora, la biblioteca hace un seguimiento continuo de la producción científica del IAA, realiza bibliometría, coordina el acceso a los repositorios digitales y aporta la documentación necesaria para elaborar informes y memorias, entre otras muchas acciones. En definitiva, apoya a los investigadores y al centro en su proceso de investigación, comunicación y evaluación científica con una serie de servicios “tradicionales en biblioteca” (información, acceso al documento y a recursos electrónicos y bases de datos,…) y otros novedosos enfocados al estímulo de buenas prácticas para la Ciencia Abierta en el CSIC (programa de apoyo a la publicación en OA, mandatos de acceso abierto, archivo delegado en Digital CSIC, licencias de uso-Copyright, perfiles de autores,…).

Se trata de una tarea muy alejada de los cajoncitos llenos de fichas o de archivar revistas recién llegadas por correo ordinario. «Son procesos nuevos y complejos, necesarios para generar cultura científica y para que la producción científica llegue a la gente, que, al fin y al cabo, es quien financia la ciencia pública».

 

M. Ángeles en la bilioteca/archivo del IAA

 

Aunque critica la falta de una carrera técnica estable en el CSIC, tras más de treinta años de dedicación, la protagonista de nuestro libro mira hacia atrás con satisfacción. «Este centro me ha permitido crecer profesionalmente, sentirme útil y aportar lo que tengo. Me siento muy contenta de pertenecer a un grupo humano y profesional capaz de generar tanta ilusión».

Y nuestra bibliotecaria farmacéutica cierra con una frase que, inconscientemente, parece contestar aquella pregunta que le hicieron hace más de treinta años en su primer día sobre qué puede aportar: «No lo sé, pero con las herramientas que me des, vamos a sacar lo máximo». Y vaya si lo ha hecho.