Yolanda Jiménez y Álvaro Álvarez actualmente en el IAA-CSIC

 

 

Hay algo de coreografía —una cuidadosamente ensayada— en la forma en que Yolanda Jiménez y Álvaro Álvarez se mueven por su día a día. No porque lo hagan todo igual, sino porque han aprendido a acompasarse. Comparten edificio, profesión, vida y dos hijos pequeños: Martín y Darío. Y aun así, o quizá por eso, han encontrado la forma de remar en la misma dirección sin perderse a sí mismos.

Sus historias comienzan lejos una de la otra. La de Yoli, en Cádiz, donde unas prácticas de verano en el Observatorio de la Armada la llevaron por primera vez a mirar el cielo con herramientas que hoy ya son casi piezas de museo. A partir de ahí entró como alumna colaboradora en un grupo de la Universidad de Cádiz dedicado a geodesia y encadenó campañas para estudiar volcanes activos, colaboraciones y hasta expediciones a la Antártida. «Me gustaba muchísimo el trabajo de campo, pero como matemática, a la hora de analizar los datos sentía que todo era muy repetitivo». Esa intuición la trajo a Granada: a los datos del observatorio, a la astronomía pura.

 

Yolanda en una expedición a la Antártida

 

 

Un día se plantó literalmente en el IAA para preguntar si alguien quería ofrecerle un proyecto de tesis. Para su sorpresa, unos cuantos investigadores levantaron la mano. Terminó yéndose con Txitxo Benítez, que dirigió su tesis. Y conserva una anécdota de aquella época: Emilio Alfaro, que también la entrevistó entonces, solía bromear cada vez que la veía. «¡Nunca te voy a perdonar que me cambiaras por el vasco!», le decía riendo. A Yoli siempre le hace gracia recordarlo.

La historia de Álvaro transcurre al otro lado del océano, en Argentina. No tenía muy claro qué estudiar hasta que encontró por casa un libro de Carl Sagan. «No entendí todo, pero me fascinó la evolución estelar», cuenta. Años después empezó la carrera de Astronomía en Córdoba. Durante su tesina, ya orientada al estudio de asteroides, conoció a René Duffard, que, por entonces, hacía su doctorado allí mismo. Fue René quien acabó codirigiendo su tesis de licenciatura y con quien mantuvo una relación académica continua desde ese momento.

 

Álvaro junto a con René Duffard, en 2014, durante una reunión en Helsinki

 

Tras esa primera etapa, Álvaro realizó cuatro años de doctorado en Río de Janeiro, luego dos más en Francia, y después consiguió un contrato en Chile para trabajar en el Observatorio Europeo Austral (ESO). Tres de esos años los pasó como astrónomo de soporte en el ‘Very Large Telescope’ (VLT); el cuarto, como parte del programa, podía elegir un destino dentro del consorcio. «Básicamente René me convenció de venir aquí», recuerda. Así llegó por primera vez al IAA, en 2012.

Y fue allí donde se cruzaron.

 

Yoli y Álvaro en Río de Janeiro

 

Después de un año compartiendo ciudad y pasillos, decidieron empezar una vida juntos. Yoli se mudó a Brasil, donde Álvaro había conseguido una posición permanente. Vivieron allí hasta 2019, cuando sintieron que necesitaban un cambio profundo: querían criar a Martín, su primer hijo, cerca de la familia, en un entorno seguro y estable, y ambos tenían claro dónde querían construir esa vida. Para Yoli, especialmente, Granada no era una posibilidad: era el destino al que había que volver sí o sí: «Lo tenía clarísimo».

«Nos volvimos en un avión con un niño de nueve meses y nueve maletas», cuentan entre risas. Un giro vital decidido con mucha firmeza y escasas garantías.

 

Yoli y Álvaro en el aeropuerto, con su hijo Martín y sus maletas, listos para volver a España

 

El regreso no fue sencillo. Txitxo había dejado la ciencia en 2017; el grupo al que Yoli había pertenecido ya no existía. En medio de ese vacío, durante una estancia breve en 2019 —aún embarazada— tomó una decisión intuitiva: fue a tocar la puerta de Pepe Vílchez. «Pepe, yo sé que nunca hemos trabajado juntos, pero quiero pedir una Marie Curie para volver aquí y me gustaría pedirla contigo». Pepe la escuchó y le dijo: «Bueno, vale. Vamos a ver qué puede salir».

Y lo que salió fue casi milagroso: la Marie Curie se resolvió de forma positiva en febrero de 2020, dos meses después de quedarse sin contrato, sola con Martín en Granada, mientras Álvaro se dividía entre esta ciudad y Alicante, donde había conseguido un contrato como investigador distinguido en la universidad. «Fue tan inesperado como maravilloso», cuenta.

La historia de Álvaro también dio un vuelco en esos meses. En 2020, durante la pandemia, René Duffard volvió a aparecer en escena. Le avisó de que quedaba financiación para un contrato con el Severo Ochoa. «Me animó a presentarme. Hice el proyecto, lo envié… y salí elegido». Así pudieron, al fin, estar los dos en el IAA.

Hoy trabajan en líneas muy distintas. Álvaro estudia pequeños cuerpos del Sistema Solar y grandes bases de datos, un trabajo clave para misiones como Euclid o el futuro LSST. Yoli investiga galaxias y cúmulos de galaxias, sobre todo estructuras de bajísimo brillo superficial, y forma parte de colaboraciones internacionales que jamás habría imaginado en sus inicios. «En el IAA es fácil pensar en grande. El ambiente te empuja a hacerlo».

El entusiasmo aparece en los dos. Álvaro reconoce que se siente más ilusionado que hace unos años; Yoli, que cada imagen nueva o cada candidato extraño le devuelve esa sensación de aprendizaje constante. Son dos ritmos distintos, pero perfectamente coordinados.

«Somos muy pegajosos», bromea Yoli. «Trabajamos en el mismo sitio, hacemos deporte a la misma hora… por lo menos que nuestros temas de investigación estén lo más alejados posible». Mantener espacios propios, incluso oficinas separadas, forma parte del equilibrio. «Es fundamental», puntualiza Álvaro.

Conciliar es otra historia. «Nuestra rutina es correr desde que nos levantamos», resume Yoli. Dejar a los niños, trabajar a toda velocidad por la mañana, parar a las cinco para dedicarles tiempo a Martín y Darío, y volver al ordenador a las diez de la noche, cuando la casa se apaga. Recuerda noches sentada en el suelo de la habitación del bebé, a oscuras, con el portátil en las rodillas para no despertarlo. «Eso no se ve: ves el artículo, los números, las notas de prensa… pero no ves lo que hay detrás».

 

Yoli y Álvaro junto a sus dos hijos, Martín y Darío

 

Entre tantas idas y vueltas, guardan anécdotas que ya forman parte de su historia. Una de las más simbólicas ocurrió cuando se anunció el descubrimiento de Eärendel en 2022, la estrella individual más lejana jamás observada, un trabajo del que Yoli formó parte. Apenas una semana después de que naciera Darío, grabó una pieza para ConCiencia, el programa de Canal Sur. En cámara explicaba el hallazgo; fuera de plano sostenía al bebé mientras intentaba conciliar, literalmente, dos mundos al mismo tiempo. Diego García, el periodista que la entrevistó, todavía le recuerda la escena cada vez que se cruzan. «Para mí ese momento lo es todo», dice Yoli. «Mi primer resultado grande, y Álvaro y mi bebé allí conmigo».

No tienen una fórmula mágica, pero sí una certeza: solo funciona si lo hacen como equipo. Repartirse congresos, ceder tiempo, cubrir huecos, aceptar noches en vela que no siempre tienen que ver con la ciencia. «Hay que entender —dice Álvaro— que esto no es un trabajo de ocho a dos. A veces las reuniones son a medianoche porque tus colaboradores están en Australia. Y la otra persona tiene que sostener ese momento».

Han pasado por varios países, contratos temporales y mudanzas que siempre eran un empezar de cero. Aun así, cuando hablan de Granada y del instituto, lo hacen con una cercanía que revela que aquí han encontrado algo parecido a un hogar. No solo para ellos, sino también para Martín y Darío.

Porque, al final, la historia de Yoli y Álvaro no es solo la de dos astrofísicos con trayectorias brillantes. Es la historia de dos personas que han aprendido a caminar juntas sin perder su identidad, de dos carreras que se entrelazan sin confundirse y de un proyecto común que crece al mismo ritmo que ellos.