Manuel Parra

 

Si uno crece en un pueblo pequeño, una de las primeras cosas que descubre es que el cielo nocturno puede ser un espectáculo impresionante. En mi caso, ese pueblo fue Benamejí (Córdoba), donde durante muchas noches de verano me quedaba mirando las estrellas desde la terraza de casa. Aquella sensación de asombro —la idea de que todo ese universo estaba ahí arriba— fue probablemente el primer germen de mi interés por el espacio. Hubo también otro momento que recuerdo con claridad. Con unos ocho o nueve años vi por primera vez ‘2001: Una odisea del espacio’, de Stanley Kubrick. Aunque seguramente no entendí del todo la película, el impacto en mí fue enorme. Poco después descubrí el relato de Arthur C. Clarke ‘El centinela’, que inspiró la película, y aquello terminó de despertar una curiosidad que desde entonces no me ha abandonado.

Curiosamente, mi formación académica no comenzó directamente en la astrofísica. Estudié Ingeniería Informática y posteriormente realicé mi doctorado en Tecnologías de la Información y las Comunicaciones en la Universidad de Granada. Sin embargo, el interés por la física siempre estuvo presente y acabó encontrando su camino en el ámbito de la investigación científica.

Durante el doctorado tuve la oportunidad de realizar varias estancias en el CERN (Ginebra), donde trabajé en física de altas energías en el experimento protoDUNE, parte del proyecto internacional Deep Underground Neutrino Experiment (DUNE). Este experimento busca estudiar los neutrinos, unas partículas extremadamente ligeras y difíciles de detectar que pueden aportar pistas fundamentales sobre la evolución del universo y sobre por qué existe más materia que antimateria. En ese contexto trabajé en el desarrollo de plataformas de computación y análisis de datos capaces de gestionar los enormes volúmenes de información generados por los detectores del experimento. También exploré el uso de técnicas de minería de datos y aprendizaje automático para mejorar la eficiencia del análisis de esos datos. Fue una experiencia especialmente interesante porque combinaba dos campos que siempre me habían atraído: la computación avanzada y la investigación en física fundamental.

Tras esta etapa, una parte importante de mi trayectoria profesional transcurrió en la industria tecnológica, trabajando en proyectos relacionados con análisis de datos, computación distribuida y Cloud Computing. Allí tuve la oportunidad de aplicar herramientas de ciencia de datos a problemas muy diversos. Por ejemplo, en proyectos relacionados con optimización logística, industria farmacéutica, optimización de la construcción de líneas ferroviarias de alta velocidad, el mantenimiento predictivo de infraestructuras ferroviarias, la predicción de producción agrícola o adelantarnos a las enfermedades en las plantas de invernaderos. Durante esos años también impartí docencia universitaria en asignaturas relacionadas con computación en la nube, una experiencia que debo reconocer que me gusta mucho, ya que con ello puedo difundir el conocimiento y despertar vocaciones científicas.

Hace seis años me incorporé al Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) como investigador postdoctoral para trabajar en uno de los proyectos científicos más ambiciosos de las próximas décadas: el Square Kilometre Array (SKA). El Observatorio del SKA contará con los dos radiotelescopios más sensibles del mundo y generará cantidades de datos sin precedentes en astronomía. Para gestionar y analizar toda esa información se está construyendo una red internacional de Centros Regionales de SKA (SRCNet). Estos centros proporcionarán la infraestructura necesaria y el soporte para que la comunidad científica pueda acceder a los datos del telescopio y analizarlos. En este contexto, contribuyo al desarrollo de la SRCNet y a la consolidación del nodo español (espSRC).

Mi trabajo combina dos aspectos complementarios. Por un lado, realizo investigación en áreas relacionadas con infraestructuras de computación científica, gestión de grandes volúmenes de datos e inteligencia artificial aplicada a la radioastronomía. Por otro lado, participo en el diseño y desarrollo de los servicios tecnológicos que permitirán a la comunidad científica acceder, trabajar y analizar los datos del SKA. Esto implica el diseño y desarrollo de  plataformas de computación y almacenamiento, sistemas de gestión de datos y herramientas que faciliten el análisis científico dentro de esta gran infraestructura internacional.

En 2025 me incorporé además al programa postdoctoral Severo Ochoa del IAA, que ha supuesto un impulso importante para consolidar el desarrollo de esta investigación. Este programa ha permitido reforzar mi trabajo en la intersección entre infraestructuras científicas, procesamiento de datos e inteligencia artificial, áreas que serán cada vez más importantes en la ciencia del futuro. Grandes proyectos científicos como el SKA producirán volúmenes de datos sin precedentes, lo que plantea nuevos retos tecnológicos y científicos. Diseñar las herramientas que permitan transformar esos datos en conocimiento será una de las claves para los descubrimientos de la próxima década.

Mirando atrás, resulta curioso que aquel interés nacido en las noches de verano de un pequeño pueblo andaluz sea hoy el puente hacia uno de los proyectos científicos más ambiciosos de nuestro tiempo. Al final, quizá ese sea el mayor logro de la ciencia: recordarnos que los descubrimientos más complejos siempre conservan algo de la sencillez de quien, por primera vez, se atrevió a hacerse preguntas mirando al cielo.

 

Imagen compuesta de los futuros telescopios del SKAO. Crédito: SKAO